Cultura

Cada mañana al levantarse con sus pasos firmes acudía directa al espejo y pasaba largo rato contemplando la imagen que el espejo le devolvía

 

12.06.2021 | Redacción | Relato

Por: Isa Hernández

Cada mañana al levantarse con sus pasos firmes acudía directa al espejo y pasaba largo rato contemplando la imagen que el espejo le devolvía. Ella extrañada miraba una y otra vez aquella imagen reflejada; a veces atrapaba un lienzo y limpiaba el espejo, como si lo viera empañado por el vaho que ella misma originaba al acercarse tanto. Pareciera que no creyera ser ella aquella efigie que veía con cara triste y desconsolada como si no le agradara o le diera pena; a veces resbalaban las lágrimas a raudales por los surcos de sus mejillas pálidas, sin poderlas contener. Él la observaba en silencio desde la distancia sin que ella se percatara, y cuando ya había pasado un tiempo juicioso la llamaba para que se tomara el café que él le había preparado, regulaba el tiempo que ella necesitaba para volver a la realidad. Entonces acudía a la cocina y le hablaba como si acabara de llegar, como si el tiempo no hubiera pasado, pensaba que eso solo lo sabía ella y que nadie más podía entenderlo ni concebirlo. Tomaba el café y se lo agradecía cada día con la exquisita cortesía que la caracterizaba, y él amablemente le correspondía con una reverencia como si ella fuera su princesa. En realidad, lo era y sufría en silencio el deterioro lento pero latente y gradual que se iba produciendo en el ser que más amaba en lo más profundo de su alma. Llevaban toda la vida juntos desde la adolescencia y ahora en la madurez ella estaba de regreso a aquel tiempo donde se conocieron y su cara no le decía la verdad, por ello estaba afligida y melancólica pero no deseaba que él lo notara. Los dos se protegían y ocultaban sus doloridos pensamientos; ambos deseaban conservar el recuerdo albergado en sus sueños, tratando de engañar solidariamente la percepción y verdadera apariencia de su existencia.

Imagen de archivo: Isa Hernández